Image Expresidente de Chile, Salvador Allende (Prensa Latina)

Me acosté a las 02:00 horas pensando en los cuatro aviones de guerra que habrían llegado a Santiago durante el día desde una base de la norteña región de Antofagasta, una información fragmentaria, como todas las que circulaban previo al golpe militar de Augusto Pinochet.

Era la madrugada del 11 de septiembre y yo acababa de cubrir un violento allanamiento de efectivos de la Fuerza Aérea a una humilde población capitalina, junto a un colega de una radioemisora del Partido Socialista.

Nos enteramos allí del presunto arribo de los aviones gracias a un locuaz sargento que custodiaba a los detenidos de la población en un camión, al que pudimos acercarnos ofreciéndole cigarros. Aunque parecía una más de tantas versiones alarmistas que terminaban en nada, informé por teléfono a Jorge Timossi, jefe de la corresponsalía, sobre el allanamiento, con más de 20 detenidos, y sobre los aviones. Me dijo que había similares rumores sobre actividad de la Marina en el puerto de Valparaíso, pero sin mayores precisiones.

'Descansa', me dijo, y le respondí lo mismo, no sin antes dejarle saber dónde pernoctaría esa madrugada, pues ya habíamos comenzado a dormir en distintos lugares ante amenazas reiteradas de grupos fascistas.

Alrededor de las 07:30 horas, Pedro Lobaina, segundo corresponsal de PL, me despertó con el grito de 'arrancó el golpe'.

Nos trasladamos en un pequeño Fiat 600 a toda velocidad hacia el centro de la ciudad, pese a que, más bien, todo el mundo iba en dirección contraria, saliendo del centro.

Los carabineros comenzaban a cercar el centro de Santiago, pero logramos llegar hasta la esquina de Ahumada y Moneda, a dos cuadras del Palacio de La Moneda, donde ya se encontraba el presidente Salvador Allende, y a media cuadra de PL.

El Fiat quedó en la intersección con las puertas abiertas. Lobaina fue hacia la oficina y yo, hacia Palacio, pero no pude entrar porque soldados estaban evacuando la zona y los gases lacrimógenos ya saturaban la soleada mañana del martes 11.

En nuestra oficina, conocida internamente como Prelagoch (uniendo a la palabra Prela las últimas letras de Santiago y las primeras de Chile), intercambiamos comentarios, dispuesto a transmitir al exterior lo que ocurría en Chile. Aparte de Timossi y Lobaina, estaba el periodista Mario Mainadé, quien se alojaba en el segundo piso de Prelagoch. También llegaron temprano, entre otros, Elena Acuña y Omar Sepúlveda, redactores chilenos, así como Orlando Contreras, también chileno, quien había llegado la víspera de La Habana.

También, periodistas amigos interesándose por nuestra situación, como Augusto Carmona, conocido como el 'Pelao', columnista de la revista Punto Final y su compañera Lucía Sepúlveda, reportera militante. Carmona sería asesinado en 1977, pero su cuerpo permanece desaparecido.

En determinado momento, Timossi -quien sostenía contacto telefónico con La Moneda, la embajada de Cuba y numerosos políticos y periodistas- planteó la necesidad de pedirles evacuar la oficina, pues corrían peligro real.

Eso no fue fácil, porque esos amigos, convencidos de que seríamos allanados, insistían en correr los mismos riesgos que nosotros.

Al final, quedamos Timossi, Lobaina, Mainadé, Sepúlveda, Contreras, Elena Acuña y yo, para informar sobre lo que entonces describíamos como una 'intentona golpista'.

Timossi planteó que quien quisiera podía retirarse, pero que él tenía instrucciones de no abandonar Prelagoch. Nadie se marchó.

De pronto, se silenciaron los antiguos teletipos alemanes T-100, cuyo ruido nos había acompañado durante tanto tiempo.

Acudimos a los teléfonos, sospechando que igualmente estuvieran cortados, pero curiosamente éstos nunca dejaron de funcionar.

Llamamos a la oficina de PL en Buenos Aires, en la vecina Argentina, a cuyo corresponsal, José Bodes Gómez, pasamos datos. Esas prolongadas llamadas, jamás fueron interrumpidas.

A la periodista Elena Acuña, una chilena de gran valor personal y compromiso político, Timossi le encomendó la tarea de trasladar a su domicilio (al otro lado de La Moneda) un bolso con dinero y documentos de la agencia para su resguardo y eventual envío a La Habana. Lo cumplió sin el menor temor, pasando frente a la puerta principal de La Moneda, epicentro del combate.

Lo hizo aprovechando una breve 'tregua' que los golpistas anunciaron poco antes de iniciar el bombardeo del palacio, donde Allende y unos pocos combatientes y funcionarios resistían.

Luego, sobrevino el ruido atronador de los aviones Hawker Hunter, el lanzamiento de cohetes contra el palacio y varias explosiones y tiroteos. Desde la azotea de PL, tomamos fotos de uno de los pases de las aeronaves. Me acordé entonces del sargento de la madrugada y su información fragmentaria.

Conversaciones telefónicas de Timossi con Beatriz Allende (Taty), la hija del Presidente, y con otros colaboradores, así como con dirigentes de la Unidad Popular y del MIR, todas en situación de emergencia, eran compartidas y trasladadas a la oficina de Argentina. Fue cuando Timossi informó sobre la muerte del periodista Augusto Olivares, más conocido como 'El Perro', amigo y colaborador de Allende, de Cuba y de PL. Poco después, se precipitaron los hechos: la muerte de Allende y la toma de La Moneda.

Solo después del mediodía, la televisión mencionó la existencia de una 'Junta', firmante de bandos militares con instrucciones a la población y a que todos los extranjeros, como nosotros, se presentaran en el Ministerio de Defensa.

Seguimos datando a Buenos Aires hasta que tocaron a la puerta. Era un grupo de soldados sudorosos y con los rostros manchados de tizne.

Timossi me instruyó abrirles pero sin dejar que sacaran a nadie de la oficina. Un agitado soldado preguntó si éramos de Punto Final (revista de izquierda cuya redacción colindaba con Prelagoch). Le señalé el letrero en la puerta, que decía claramente 'Prensa Latina, Agencia Informativa Latinoamericana' y cerré.

Minutos después, descubrieron la sede de Punto Final, rompieron la puerta e ingresaron a gritos como si esperaran una gran resistencia armada. En realidad, nuestros vecinos, colegas, incluido el director de la revista Manuel Cabieses Donoso, periodista y amigo, hacía días que no iban por allí por razones de seguridad.

Los soldados, todos con una camiseta de cuello alto color naranja, característica de los golpistas, juntaron libros y revistas en la sala de Punto Final y le prendieron fuego. Lo vimos porque los balcones de ambos apartamentos estaban separados apenas por un pequeño muro.

Al ver que los observábamos, los soldados dieron la vuelta y volvieron a tocar la puerta de PL, esta vez con mayor fuerza. Timossi insistió en que no nos dejáramos sacar de la oficina. El que venía al frente (luego contamos 21 soldados) se puso a gritar, entre insultos, desde el pasillo, que saliéramos 'pal camión', lo cual luego supimos era la forma en que trasladaban a los detenidos hacia el Estadio Nacional.

Ante nuestra negativa de abandonar Prelagoch, los militares entraron a empujones y nos pusieron de cara contra la pared, manos en la nuca, como para un fusilamiento. Fue el momento más peligroso, pero pasó.

A punta de metralleta, uno me dijo que subiera al segundo piso. Allí buscamos a Mainadé, quien se incorporó al grupo en la planta baja.

A espaldas de los militares, cuando era posible, informamos a Buenos Aires que estábamos siendo allanados, pero desmentimos que el personal de PL hubiera sido fusilado, como aseveró una agencia internacional. También, puntualizamos que Punto Final había sido destruido.

Fueron varios los incidentes de peligro ese día, como cuando Lobaina, Mainadé y algún otro fueron usados como 'escudos humanos' en el balcón para detener una balacera provocada por un solidario grupo de la resistencia desde una azotea vecina.

Finalmente, a las 17:00 horas, terminó el allanamiento, gracias a que Timossi fue citado -junto con otros corresponsales extranjeros- al Ministerio de Defensa por un oficial superior para dictar los términos de la censura.

A su regreso, montamos guardias nocturnas en la puerta, pero en realidad, nadie durmió esa noche.

Fruto de negociaciones de la embajada de Cuba y de otras naciones, al día siguiente, en la tarde del miércoles 12, un coronel y sus escoltas, así como el diplomático cubano Jorge Pollo, llegaron a PL para llevarnos a la embajada.

Pero, por algún motivo Sepúlveda no figuraba en la lista y debió quedarse varios meses más en Chile hasta que pudo llegar a Cuba. Esa despedida fue desgarradora.

Esa medianoche, junto a numerosos funcionarios y residentes cubanos, fuimos trasladados en cinco autobuses hasta el aeropuerto de Pudahuel, donde abordamos un avión de Aeroflot rumbo a La Habana. Llegamos el jueves 13 a primera hora y todos, más motivados que nunca, asumimos de inmediato nuevas tareas en PL/ Por Jorge Luna